Características del lenguaje escrito

Es indudable que no escribimos de la misma manera como hablamos. El lenguaje escrito es más exigente que el oral en cuanto a la «corrección idiomática», entendida ésta en su interpretación preceptiva. Esto implica el acatamiento de cuanto indica la gramática en su calidad de «código de normas generales o, como dice Saussure, como «sistema de medios de expresión«. No obstante, la observancia de las reglas gramaticales y de los usos indicados por los diccionarios de la lengua no debe ser tan estricta ni tan ciega que mecanice la expresión por efecto gramaticalísmo o purismo idiomático.

Las normas deben conocerse, asimilarse y adaptarse al uso propio lenguaje, con sentido de flexibilidad y adecuación. Como en las leyes y los códigos judiciales, la aplicación debe estar «humanizada» con un criterio básico de adaptabilidad funcional Así, el lenguaje será el medio idóneo de una perfecta comunicación, pues tendrá la «corrección» adecuada para cada caso, y no resultará una fría exposición de normas repetidas.

Sin embargo, hay que apreciar en su justo valor a esos «códigos idiomáticos«, de tanto peso en la calificación de «buena» o «mala» que recibe nuestra expresión escrita. Para ello, reflexionemos en ese instrumento colectivo que es el idioma

-«bien mostrenco y patrimonio común de todos los que a través de él se comunican y entienden entre sí», como afirma Pérez de Ayala- y en el valor de su unificación.

El español ocupa el segundo lugar en el mundo -entre los idiomas de origen indoeuropeo, y después del inglés- por el número de naciones y de habitantes que lo hablan. Es la lengua neolatina más extendida; su área geográfica abarca -además de España- las colonias españolas en África, toda América hispánica, las Filipinas, las islas Marianas y algunas regiones balcánicas habitadas por judíos sefardíes. Además, en países que tienen otro idioma oficial, también está muy extendido su uso, ya sea como lengua habitual o como segundo idioma: tal es el caso de los Estados Unidos, donde hay 39 millones de hispanohablantes. Y no olvidemos que se enseña en escuelas, academias y universidades de los principales países del mundo,

De esta enorme difusión y utilización surge la necesidad de que exista -por encima de las hablas o modalidades regionales- un idioma único, general, uniforme, con el cual todos nos entendamos, y también la de esos «códigos idiomáticos», que son fuente de consulta y de autoridad para todos por igual.

Por tales razones, propugnamos una formación idiomática de base académica, normativa, que será nuestro «instrumento universal», por así decir pero también reconocemos el enorme valor que tiene el conocimiento de 1; características regionales, grupales y hasta individuales que adquiere el idioma en los distintos lugares y sectores en que se utiliza.

Al respecto, en su libro El castellano de España y el castellano de Arnérk Ángel Rosenblat vierte interesantes conceptos, entre ellos:

Ha dicho Bernard Shaw que Inglaterra y los Estados Unidos están separados por lengua común. No sé si pueda afirmarse lo mismo de España e Hispanoamérica; pero de todos modos sí es evidente que el manejo de la lengua común no está exento de conflictos, equívocos y hasta incomprensión, no sólo entre España e Hispanoamérica sino aun entre los mismos países hispanoamericanos.

En relación con la diversidad expresiva que tiene el idioma entre hablantes, reflexiona:

No se habla igual en Madrid, que en Santander, en Zaragoza o en Sevilla. Y dentro la ciudad de Madrid, no se habla igual en el barrio de Salamanca que en Chamberí Lavapiés. En una misma colectividad, no hablan igual los campesinos, los obreros, los estudiantes, los médicos, los abogados, los escritores. Y aún dentro del proletariado no hablan igual los obreros textiles que los de la construcción. Las diferencias geográficas se entrecruzan con profundas diferencias sociales. No hablan igual dos familias distintas, y en una misma familia se diferencian el padre, la madre, los abuelos, nietos y aun los hermanos.

Cada persona tiene su propio dialectos o, con un término técnico, su «idiolecto”. Digámoslo de un modo más universal: cada pájaro tiene su canto.

Esto es verdadero, sobre todo tratándose del lenguaje hablado -que con tantos otros medios expresivos, auxiliares o sustitutos de la palabra. Sin embargo, si nos circunscribiéramos a este rigorismo de individualidad; dentro del idioma, no podríamos pensar en formas de comunicación que fueran aptas -y menos, perfectas- para todos. Por eso, debemos reconocer que hasta dentro de la diversidad del habla oral hay una línea general de expresiones comprensibles y comunicativas para cualquier entendimiento. Y con mayor razón existe -y es más estable- en el lenguaje escrito.

Por lo anterior, el problema de la unificación y la diversidad queda encuadrado en estos términos, en lo referente a la redacción:

El redactor debe conocer la lengua general –la oficial– y sus normas, solo por el deber de cultura, y habrá de aplicarla con sentido funcional, cuando su corrección normativa resulte comunicante. Pero, también es preciso que conozca las formas, las costumbres expresivas regionales características de sus lectores, y las aplique con perfecta conciencia de su oportunidad y eficacia.

De esta manera, logrará dominar la corrección funcional -que tiene tanto carácter académico como extraacadémico, pero emana de la misma función social Un lenguaje: sirve para que el hombre se comunique con sus semejantes. Sólo teniendo un instrumental idiomático amplío y maleable será posible que el redactor cumpla cabalmente su función.

Fuente: Apunte de Comunicación escrita de la U de Londres.