Proceso estructural externo

Ordenamiento. Ya frente al papel, el escritor debe trazarse un plan para su trabajo.

Es preciso que decida sobre el orden en que le conviene presentar el material disponible, dentro de las partes de que consta un escrito (principio, cuerpo y final). Hay distintos tipos de ordenamiento dentro de la obra como lo hay de las oraciones en los periodos y de las palabras dentro de las frases-para responder a las necesidades intencionales del autor.

Hay, también, una “técnica del interés” de base psicológica que debe guiar a los que procuran escribir con efectividad. No trabaja bien quien usa en todos sus escritos un “molde” de ordenación (que generalmente consiste en expresar de entrada lo más importante sea para él mismo o para el lector). Esta etapa de ordenamiento funcional responde a la interrogante: ¿Dónde?

Lenguaje. Ha llegado el momento de escribir y, por tanto, de pensar en el medio que se empleará para hacerlo: el lenguaje.

El problema se condensa en esta pregunta: ¿Con qué? Construcciones, palabras, signos y demás medios convencionales deben centrar la atención en esta etapa.

Es innegable que los medios expresivos utilizados determinan la calidad del escrito; porque, ¿qué valor puede tener, en cuanto a obra de realización artística, un trabajo referido a un tema interesante o valioso que esté escrito de manera inapropiada, con errores formales, defectuosa construcción o inconveniencias léxicas? El empleo M lenguaje apropiado dentro de una corrección funcional, que no excluye a la académica para determinados casos es de vital importancia en la eficaz redacción.

Tono. Existe un sutil detalle digno de atención en el uso de las formas expresivas: no sólo hay que hacer una cuidadosa selección de construcciones, palabras y signos adecuados o correctos desde el punto de vista gramatical o funcional, sino también de modo como se emplean para trasuntar sentimientos e intenciones.

La determinación de esa modalidad responde a la pregunta: ¿En qué tono? El tono es una especie de “espíritu” que vitaliza la expresión, a veces infiltrado en el ánimo “por encima de las palabras” como ese “duende” que en lenguaje oral se expresa a través de las inflexiones de voz, la mímica, los gestos o el movimiento corporal, el silencio, la sugestión o las trasmisiones indefinibles. . .”, cuya expresión a través de lo escrito es delicada tarea para el autor.

Puede ser cordial, amable, afectuoso, confidencial, respetuoso, halagador, ceremonioso, ameno, burlesco, irónico, crítico, serio, severo, moralizador, sumiso, suplicante, ofensivo, agresivo, magistral, pedante, convincente, persuasivo, atractivo, jocoso, comprensivo, estimulante, obsecuente, híbrido, enigmático, etcétera.

Estilo. Por último y no es éste un orden estricto de pasos sucesivos en la realización, sino sólo un desglosamiento que hacemos por razones didácticas, resta al escritor observar un requisito que puede ser producto artístico o natural, según los casos: el estilo o la manera general de expresión característica de su escrito.

La pregunta que ubica al estilo es: ¿Dé que manera? Como modo de expresión personal (Buffon dijo que “el estilo es el hombre”), tiene cabida más o menos limitada en los distintos tipos de redacción: la extensa gama de escritos que va desde la carta más íntima hasta los formulistas escritos oficiales, permite una amplísima graduación de personalismo” en la redacción.

A menudo, en esta actividad -que no tiene la amplía libertad de la composición el lector (o “amo supremo”), as( como el género y las circunstancias que rodean al escrito, dictaminan determinadas condiciones de estilo, que resulta “impersonal” en mayor o menor medida.

No obstante, hay un estilo de época ineludible para cualquier tipo de escrito: lo define como moderno o anticuado, y mucho tiene que ver con su calidad y
éxito.

Fuente: Apunte de Comunicación escrita de la U de Londres.

Publicado en Comunicación escrita

Suscríbete:

who's online